"La gente no entiende" pensé esa noche mientras peleaba a calzón quitado con el insomnio, que hacía varias noches se creía invitado de honor, y en consecuencia, se había instalado cómodamente en mi departamento, a tal punto que le faltaba usar mi cepillo de dientes de lo agradable y a gusto que se sentía en mi hábitat natural.
"La gente no entiende que cuando el corazón lamenta y el cuerpo duele, uno no necesita más que tiempo" concluía después de llorar prácticamente toda la madrugada, habiendo perdido fatalmente la batalla contra el perturbador de sueños. El muy perverso se sentaba a los pies de la cama y me hablaba permanentemente de todo eso que yo quería extirpar de mi cabeza con urgencia.
Durante el día lo piloteaba bien. Me entretenía haciendo cualquier cosa, yendo y viniendo, investigando mil y un formas de preparar un té... que se yo, en definitiva, siempre encontraba algo en qué ocuparme o alguien con quien charlar.
El problema aparecía (y me atravesaba fuerte y dolorosamente el pecho) cuando se hacía de noche. ¡Ay! ahí sí que no podía huirle, sabía que estaba esperándome, y teníamos mucho para charlar. Básicamente, el proceso era siempre el mismo: se hacían las nueve y yo cabeceaba del sueño, haciendo equilibrio para no estrolarme la cara contra el plato que, tentador, yacía sobre la mesa. Nunca me permitía hacerle caso a mi cuerpo e irme a la cama, porque al fin de cuentas (yo bien lo sabía) eso significaba escuchar más tiempo al dañino fantasma que allí en silencio aguardaba, perfumándome el almohadón y las sábanas, invadiendo lo más profundo de mi intimidad.
Con suerte y gran esfuerzo sobrevivía las once de la noche, hora prudente para ir a dormir. Determinada me ponía el piyama, y con dos tés de manzanilla en digestión, me acurrucaba plácidamente sobre el colchón. Y ahí es donde empezaba el ruido. Al principio era un susurro, que aunque imposible de callar, un poco se soportaba, pero a medida que avanzaba la noche, aumentaba el volumen hasta parecerse a: criaturas llorando caprichosamente + el motor de una heladera pasando a mejor vida + una jauría rabiosa correteando un gatito + una carrera de fórmula 1, todo simultáneamente y potenciado al mil. Entonces no aguantaba el colapso sonoro y me comenzaba a incomodar. Pose uno: NO; pose dos: NO; pose tres mil novecientos noventa y dos: NO. Y como chorrera aparecían las amarguras, problemas y dudas existenciales que no quería enfrentar. El insomnio, divertidísimo en una esquina del dormitorio, no paraba de tararear una estúpida canción. "Ojalá fuera todo el mes de día" suplicaba al mismo tiempo que le propinaba una mirada de rechazo al muy desgraciado, esperando poder dormirme aunque fuera por dos minutos.
Y así sucedió todas las noches, quién sabe por cuánto tiempo, hasta que un día (casualmente -o no- fecha aproximada en la que elaboré todo lo que me atormentaba) se aburrió de mí y decidió marcharse, dejándome sola y en paz.
Es hasta el día de hoy, que ese abandono, es el único que me ha hecho dichosa en toda mi vida.