martes, 25 de septiembre de 2012

No he aprendido aún a leer tu mente (¡vaya poder me estaré perdiendo!) pero más me lamento que te calles, porque decir es siempre más sincero.
Yo ya lo intenté...

lunes, 24 de septiembre de 2012

Soy pluma

Soy pluma del pájaro que sobrevivió al cautiverio, a las ganas de morir de soledad, desplegando alas y cruzando cielos, sorteando cuanto obstáculo se interpusiera. Soy pluma de aquel que nunca más paró, que no se detuvo ni ante el miedo. Soy pluma del que ha volado alto, siempre impasible y nunca aprendió a caer, del que no ha dado el brazo a torcer ni en las peores tempestades. Soy pluma, como todos somos, jirones o pedazos o plumas de los pájaros padres que nos han visto crecer...

A mi mamá.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Relato de un innombrable

No hay miedo peor que aquel que no encuentra fundamento o válida justificación, ese que no podemos verbalizar, el que al nombrarlo nos comienza a destruir. Duele, congela el cuerpo y las extremidades no responden. Cuanto más se trate de salir, menos se podrá. Cerrar los ojos es todavía peor: mil imágenes aturden sin rodeos, el cerebro está a punto de estallar, premonición de un colapso nervioso, interferencia, ruido y un frío sudor que baja por la espalda. No hay vía de escape, sólo resta esperar el sol, la luz que ¡tarde! pero llega y uno empieza a sentirse mejor. El miedo tiene nombre propio para cada uno, brota de manera distinta en cada ser, pero siempre como una enfermedad, como un virus que se esparce sin cura, sin tapujos, sin limitación. Pensar acerca de él sólo lo aliviana un poco, pero cuando llega, ninguna estrategia previamente evaluada sirve. Resta soportarlo, sin más, como si acaso eso fuera posible. Todo llega y todo pasa, no dejarlo ser una constante es la cuestión. Vivir con miedo es morir todos los días un poco más, es pudrirse por dentro, es ver esfumarse los proyectos personales, dejarlos partir y negarlos para siempre, como si nunca hubiesen existido.
Azules las venas, helado el corazón. El miedo paraliza, transforma y destruye. Mejor buscar insistentemente el sol y dejarse ser en lo más... sin pedir perdón por sentir, sin dejar al miedo pasar.

martes, 18 de septiembre de 2012

Soy herida que ya no sangra, que el tiempo sobre tu cuerpo ha transformado en marca, en imborrable cicatriz-recuerdo

domingo, 9 de septiembre de 2012

Grand finale

Mi cuerpo, todo sumido en un éxtasis de amor, en un letargo encantado del que no quiero despertar jamás. Me dejo llevar, me quedo inmersa en el silencio del cuerpo que entrecortadamente respira sobre mí y así endulza la noche. Se hipnotizan las estrellas, queriendo estar ahí. Me convierto en mil cristales, en mil pequeños pedacitos que por su cuerpo bajan, dejándole marcas en la piel. Sudor y sangre brotan violentamente. Olores característicos que me arrojan al espacio infinito, a un pasado no siempre mejor aunque igualmente memorable. Mil imágenes, cientos de ganas de innovar, de probarlo de nuevo, de intentar siempre un modo mejor. Y ahora le toca a él. Nos lastimamos de todo el deseo que como un fantasma, y en un aura, nos sume a los dos, nos dopa y tranquiliza, nos deja dormidos sobre las sábanas raídas que tanto de nosotros podrían contar

sábado, 8 de septiembre de 2012

Ahí estamos

Quizás hoy no estemos juntos, pero sé que una marca dejé en tu vida. Sé que algo aprendiste de mí, algo que siempre estará: en tu cabeza, en tus memorias, en la emoción que te produje alguna vez. Ahí siempre me vas a encontrar. Y así... sin quererlo, de algún modo, me llevás con vos...

jueves, 6 de septiembre de 2012

Historia del pequeño huésped non grato


"La gente no entiende" pensé esa noche mientras peleaba a calzón quitado con el insomnio, que hacía varias noches se creía invitado de honor, y en consecuencia, se había instalado cómodamente en mi departamento, a tal punto que le faltaba usar mi cepillo de dientes de lo agradable y a gusto que se sentía en mi hábitat natural.
"La gente no entiende que cuando el corazón lamenta y el cuerpo duele, uno no necesita más que tiempo" concluía después de llorar prácticamente toda la madrugada, habiendo perdido fatalmente la batalla contra el perturbador de sueños. El muy perverso se sentaba a los pies de la cama y me hablaba permanentemente de todo eso que yo quería extirpar de mi cabeza con urgencia.
Durante el día lo piloteaba bien. Me entretenía haciendo cualquier cosa, yendo y viniendo, investigando mil y un formas de preparar un té... que se yo, en definitiva, siempre encontraba algo en qué ocuparme o alguien con quien charlar. 
El problema aparecía (y me atravesaba fuerte y dolorosamente el pecho) cuando se hacía de noche. ¡Ay! ahí sí que no podía huirle, sabía que estaba esperándome, y teníamos mucho para charlar. Básicamente, el proceso era siempre el mismo: se hacían las nueve y yo cabeceaba del sueño, haciendo equilibrio para no estrolarme la cara contra el plato que, tentador, yacía sobre la mesa. Nunca me permitía hacerle caso a mi cuerpo e irme a la cama, porque al fin de cuentas (yo bien lo sabía) eso significaba escuchar más tiempo al dañino fantasma que allí en silencio aguardaba, perfumándome el almohadón y las sábanas, invadiendo lo más profundo de mi intimidad.
Con suerte y gran esfuerzo sobrevivía las once de la noche, hora prudente para ir a dormir. Determinada me ponía el piyama, y con dos tés de manzanilla en digestión, me acurrucaba plácidamente sobre el colchón. Y ahí es donde empezaba el ruido. Al principio era un susurro, que aunque imposible de callar, un poco se soportaba, pero a medida que avanzaba la noche, aumentaba el volumen hasta parecerse a: criaturas llorando caprichosamente + el motor de una heladera pasando a mejor vida + una jauría rabiosa correteando un gatito + una carrera de fórmula 1, todo simultáneamente y potenciado al mil. Entonces no aguantaba el colapso sonoro y me comenzaba a incomodar. Pose uno: NO; pose dos: NO; pose tres mil novecientos noventa y dos: NO. Y como chorrera aparecían las amarguras, problemas y dudas existenciales que no quería enfrentar. El insomnio, divertidísimo en una esquina del dormitorio, no paraba de tararear una estúpida canción. "Ojalá fuera todo el mes de día" suplicaba al mismo tiempo que le propinaba una mirada de rechazo al muy desgraciado, esperando poder dormirme aunque fuera por dos minutos.
Y así sucedió todas las noches, quién sabe por cuánto tiempo, hasta que un día (casualmente -o no- fecha aproximada en la que elaboré todo lo que me atormentaba) se aburrió de mí y decidió marcharse, dejándome sola y en paz. 
Es hasta el día de hoy, que ese abandono, es el único que me ha hecho dichosa en toda mi vida.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Breve pero intensa historia de amor de dos minutos

Una chica. Un chico. Una calle. Un encuentro.
Ella pasa caminando y ambos, como por una extraña fuerza del destino, se miran. Quizás es el alcohol, quizás otras sustancias, claro no está. Lo que sí con certeza se sabe es que, animada por tan hermosa presencia ella le dice que lindo que es. Sin pensarlo un minuto, el responde que ella también. Se miran unos segundos más mientras ella, que nunca detuvo sus piernas bajo el vestido floreado, sigue su camino, aunque siempre mirandolo. Incluso sabiendo que pierde una oportunidad, que la está dejando ir sin siquiera haberla saboreado. No más de seis metros de trayecto le despiertan en su conciencia un extraño sentir. Nunca más lo verá, o quién sabe, quizás, pero… ¿por qué no? Frena en seco, gira sobre sus pies de zapatillas gastadas y corre hasta donde el espera sentado, nunca sabrá ella a qué cosa o a quien, pero le agarra el rostro con una ferocidad tan dulce y rápida que el no termina de ver quien es. Determinada lo besa. Lo mira. Se va. 
Y así una historia de amor de dos minutos se hace una eternidad en el pecho de aquellos dos amantes efímeros, pasajeros, que el mundo unió por única vez en un beso fugaz e inesperado.

- ¿Creés en la magia? - él le preguntó.
- Sí, en la magia de todos los días, entre personas, entre vos y yo, entre ellos. Hoy, acá, todo

esto... - contestó convencida de estar en lugar y hora precisos.