¿Cuántas veces una ansiedad incontrolable me consume cuerpo y aura enteros? Sin dejar de lado la cabeza, que flota inerte en un cúmulo de ideas, a lo mejor, irrealizables.
¿Dónde quiero estar? ¿Hacia dónde va el camino? ¿Llegaré, tal vez, a tiempo?
Una pregunta tras otra, sangrando de modo irrefrenable. Incontenible. Implacable e insurrecto.
Y de allí una gasa. Un abrazo. Un hecho consumado que genere satisfacción. Una vía de escape a la hecatombe racional. Ahí es cuando, de alas abiertas me tiro al abismo, que visto desde abajo está mucho mejor. Resulta ser un abra, un espacio donde desplegar lo mejor de mí. De aquel otro. De todos.
Una oportunidad de vivir a manera de uno mismo, que felizmente coincide con las de unos pocos más. Un momento especial, siempre para el que quiera. Y el que no, no se enteró jamás que alguna vez habría podido tener la ocasión de siquiera, intentarlo. Sin embargo cabe tener presente que solos andamos, de modo ilusorio en compañía de quienes nos aman, los mismos que un día y sin avisar, pueden desaparecer. Y uno ya lo ha intentado más de una vez. Y pierde sentido repetir la historia, habiendo idealizado en vano, más de una vez a alguno.