No hay miedo peor que aquel que no encuentra fundamento o válida justificación, ese que no podemos verbalizar, el que al nombrarlo nos comienza a destruir. Duele, congela el cuerpo y las extremidades no responden. Cuanto más se trate de salir, menos se podrá. Cerrar los ojos es todavía peor: mil imágenes aturden sin rodeos, el cerebro está a punto de estallar, premonición de un colapso nervioso, interferencia, ruido y un frío sudor que baja por la espalda. No hay vía de escape, sólo resta esperar el sol, la luz que ¡tarde! pero llega y uno empieza a sentirse mejor. El miedo tiene nombre propio para cada uno, brota de manera distinta en cada ser, pero siempre como una enfermedad, como un virus que se esparce sin cura, sin tapujos, sin limitación. Pensar acerca de él sólo lo aliviana un poco, pero cuando llega, ninguna estrategia previamente evaluada sirve. Resta soportarlo, sin más, como si acaso eso fuera posible. Todo llega y todo pasa, no dejarlo ser una constante es la cuestión. Vivir con miedo es morir todos los días un poco más, es pudrirse por dentro, es ver esfumarse los proyectos personales, dejarlos partir y negarlos para siempre, como si nunca hubiesen existido.
Azules las venas, helado el corazón. El miedo paraliza, transforma y destruye. Mejor buscar insistentemente el sol y dejarse ser en lo más... sin pedir perdón por sentir, sin dejar al miedo pasar.
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