Todos sabemos acerca de su existencia, pero en realidad nunca los hemos visto. Mucho se dice acerca de su apariencia y el modo en que andan, pero nadie logra dar una descripción acertada, ni siquiera cercana a la realidad concreta de los ellos.
Para los ellos, nosotros, grandes gigantes sumidos en la dificultosa tarea de la vida cotidiana, pasamos desapercibidos. De hecho, cuando no llueve aquí, ni siquiera nos ven. Viven en hojas de otras partes del mundo, siempre viajando con la lluvia, el medio de transporte más rápido y menos contaminante que existe en el planeta tierra.
Siempre, cerca de la hora del té, salen a dar una vuelta por hojas más bajas y pequeños arbustos, donde se encuentran con diversos animales con quienes mantienen largas conversaciones acerca de la altura del sol, la velocidad del viento y la fuerza de las olas del mar. Los ellos, nómades de la vida, son expertos en todo cuanto se trate de la naturaleza. Grillos, pájaros y hasta perros quedan anonadados al escuchar las historias de la remota India, la inmensa sabana africana y los pintorescos países de tinte colonial que existen allí por Centroamérica.
Cuentan que es un espectáculo imperdible oírlos cantar, pero son solo los animales quienes tienen el honor y la suerte de hacerlo, ya que, según me han dicho, los seres humanos no poseemos la habilidad de disfrutar de lo pequeño y lo efímero, de lo casi imperceptible. Sino que vivimos, más bien, siempre anhelando más y más grande, más nuevo, más caro, más lujoso. Y eso, a los ellos los ofende, por lo que nunca podremos conocerlos en persona, ni saber bien de qué se tratan, a menos que cambiemos nuestra esencia y dejemos a lo verdaderamente esencial aflorar de nuestro seres.
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